Me acerco y anoto sus nombres: Karl Schmidt, Heinrich Frauhoffer, Gorg Bauer. La noche anterior nos prometimos mutuamente que si alguno sobrevivía, llevaría a las familias la placa y un último adiós escrito a todo prisa. La carta de Gorg está tan empapada de sangre que decido dejarla nuevamente en el bolsillo. Pensé que me iba a ganar la emoción, pero siento una enorme indiferencia. La trinchera se llena nuevamente de explosiones que me ciegan. Luego, un silencio prolongado. No puedo moverme. Noto cómo una mano me arranca la placa del cuello y sé que mi nombre, Erick Strand, está siendo escrito en otra libreta.