Encontrar la paz. ¿Era eso posible para un hombre de noventa y seis años? El anciano así lo pensaba. Al menos, veía hecho realidad su sueño de regreso tras el exilio de una vida en Venezuela. El Padre Santillán lo recibió con gesto apacible y un amago de abrazo, sin grandes ceremonias. Se dejó ayudar con la maleta por el también vetusto fraile.

—Un largo viaje, Rodrigo. Te estábamos esperando. Ya tienes tu cuarto listo si quieres descansar un rato.

—No, en realidad necesito hablar con usted ahora mismo.

—Si quieres confesarte debes esperar hasta las siete, somos muy estrictos con los horarios.

—No, no creo en Dios ni en confesonarios. Sólo he venido a pedir perdón.

—Muchos vienen aquí a eso, hermano. Encontrarás el momento.

—Pero yo he venido a pedirle perdón a usted. Y ha de ser ahora. Soy El Polaco.

El fraile sintió que las fuerzas le abandonaban. Retrocedió a los años más crueles de la Guerra Civil y a la imagen de un joven alto, apuesto y presuntuoso: su torturador. Tuvo que hacer un esfuerzo para reconocer en las canas del visitante el cabello rubio del feroz miliciano y reconstruir su estatura en este encorvado y decrépito nonagenario. Volvió a sentir sobre las cicatrices de la piel las heridas del alma que creía para siempre olvidadas. El miedo a morir por vestir sotana intentando mantenerse firme ante las bofetadas, los insultos, el simulacro de fusilamiento. Las risotadas de El Polaco presumiendo la sangre de los dos jóvenes falangistas que acababa de masacrar y a cuyos cadáveres le ordenó con sorna dar cristiana sepultura.

Ahora, este hombre que tantas veces había aparecido en sus pesadillas le miraba con los ojos llorosos e implorantes. Javier Santillán lo abrazó y le susurró al oído. Ecce Agnus Dei, ecce qui tollis pecata mundi. En el corredor comenzó a escucharse el sutil cántico gregoriano de las Vísperas.