Personajes que aparentan convivir en una sociedad pueblerina, tranquila y amigable comienzan a desarrollar la degeneración progresiva de los valores que cacarean.

Se necesita muy poco para revelar bajo una fina cáscara la corrupción, la tiranía, el odio y la cobardía.

Una época previa a las crueles dictaduras de finales de los años setenta en la Argentina rural, en la que el terror de las desapariciones comienza a hacerse habitual, conocido y silenciado por la población.

Rojo es una metáfora de la transformación hacia el mal manejada de manera sutil por Benjamín Naishtat y con una interpretación discreta pero efectiva por parte del elenco. Más mérito tiene por su parte la contención que la sobreactuación. Acostumbrado a los estereotipos de Hollywood, la atmósfera de normalidad, de mediocridad, contribuye a la credibilidad de la película.

Me ha sorprendido la excelente ambientación y el cuidado de hasta los más mínimos detalles del atrezzo y vestuario en un trabajo del 2018. Hasta la tipografía de los títulos y créditos traslada al espectador a los setenta.

 

La banda sonora contribuye de manera efectiva a situarnos en el tiempo. Percibo en la elección de las canciones de Jairo o Camilo Sesto una inteligente ironía. Son esos detalles que normalmente no se notan los que transforman un trabajo fílmico en una obra reseñable.

Nunca leo una crítica previa antes de compartir mi opinión. Parece ser que está dividida entre calificar Rojo de obra maestra o de estrepitoso fracaso. Será porque es el tipo de propuesta que no deja indiferente al espectador y sólo por eso merecería la pena verla. En lo personal, soy de los primeros: prefiero lo sugerido a lo explícito y tener mi espacio de interpretación.