Yo soy un Croissant, un cruzado. Nací en Dakar, en el seno de una noble tribu senegalesa. Poca gente sabe el origen ilustre de mi apellido ya que, por la habitual alteración de las palabras que se hace en las colonias, en Senegal ahora nos llaman y nosotros también nos llamamos y escribimos nuestro nombre como Cruasán; y así se nos conoce desde hace generaciones.

Tuve una infancia feliz, en pleno contacto con la naturaleza. Mi cuerpo se desarrolló como el de un joven que las mujeres consideraban apuesto, con gran musculatura y fortaleza física que adquirí practicando la lucha senegalesa. Gocé de una buena instrucción y mi familia me envió a estudiar a París. Pero no era yo persona para estar encerrado entre libros y siempre me atrajo mucho más embarcarme y recorrer el mundo. ¡Cuánto echaría de menos en la gran ciudad los grandes ríos y los verdes bosques tropicales de mi tierra natal! Cuando informé a mis padres de mi decisión de abandonar los estudios no se lo tomaron bien. Tenían grandes expectativas puestas en mí y soñaban con verme convertido en doctor o licenciado, algo que nunca fue con mi carácter inquieto. Dejaron de enviarme dinero y me vi abocado a buscarme la vida trabajando en todo lo imaginable. Unas veces, destazador en el matadero; otras, impresor, conductor de carruajes, cocinero y hasta encargado de los sacos de arena de lastre de un globo aerostático. Era un joven orgulloso y nada dócil, por lo que frecuentemente acababa irritando a mis patrones y teniendo que buscarme un nuevo empleo. Terminé en el sitio más insospechado: un circo. Ganaba lo mínimo para pagarme la cama en una pensión y cubrir mis necesidades más básicas, pero necesitaba algo más para sentirme vivo y sabía que la única manera de lograrlo era enrolarme en algún mercante de los que hacían la ruta de las Indias Orientales. Cuando comenzaron a reclutar marineros para el Désolation no me lo pensé dos veces. Los tres únicos requisitos eran saber nadar, tener brazos fuertes y aceptar una paga miserable. Quién iba a imaginar que el destino de aquél Clipper airoso de cinco palos con cuarenta y dos velas, era acabar en el fondo del océano. No soy supersticioso claro que, con ese nombre, era como para haber echado para atrás a cualquiera. Pero un Cruasán no retrocede nunca, así que ahora me corresponde pagar el precio de mis malas decisiones.

 *

Sacrébleu!… ¡Casi me llevo un dedo! A ver si encuentro un rato para afilar este machete o me va a dar un disgusto. Claro que disgustos y tiempo es lo que me sobran en esta isla alejada de cualquier ruta de navegación. Lo dicho, malas decisiones. Quién me mandaba a mí ponerme a talar árboles… En mi isla hablo solo. Por dos principales razones: porque me da la realísima gana y porque aquí no hay ni un alma con la que intercambiar palabra, como no sea con uno de los loros que abundan en este paraje selvático, circular y abrasador. Me he dado cuenta de que el Creador, en su infinita sabiduría, puso en cada una de estas islas un puñado de esos bichos de colores para que los náufragos tuviésemos compañía. Aunque si me hubieran dado a elegir yo hubiera preferido que hubiese puesto unas cuantas vacas y corderos, o al menos un perro.

Al principio me hacían gracia. No era la primera vez que escuchaba a un loro repetir algunas palabras sueltas. Recuerdo la casa de tolerancia de Saint-Denis, en la que había una cacatúa blanca de imponente cresta que rezaba el rosario entero con el soniquete monocorde de las beatas. La pájara volaba del lupanar al ventanuco de la capilla de San Majencio y más de una anciana creyó haber sido testigo de una aparición mística. Se aprendió el bicho desde el ora pro nobis hasta el turris ebúrnea y el Kyrie, eleison. Lo recitaba con tanta devoción que podía haber convertido a un millón de infieles dispuestos a tragarse media hora de letanía declamada por un plumífero de angelical blancura. Clara se llamaba. La cacatúa. Otro ser vivo en el lugar equivocado, como yo ahora. Ella, blanca como la pureza, en un burdel. Y yo, negro como la baquelita, en este pedazo de tierra en medio de la nada.

Cuando Clara comenzó a insertar en el rosario los jadeos de los clientes sobre las pupilas de Madame Cosette, la dueña del prostíbulo se vio en la difícil situación de estrangularla o regalarla al circo ambulante de Les fous africains donde yo, por avatares del destino, trabajaba por aquél entonces como ayudante del domador de fieras. No era un mal nombre para el circo eso de “los locos africanos”. Para la sociedad parisina —elitista, inculta y colonial— unos cuantos hombres de color haciendo piruetas y domando animales salvajes y algunas jóvenes mujeres con los pechos firmes al aire éramos la sensación en la estirada capital francesa.

Clara se integró de manera natural en el espectáculo: llegaba volando después de las danzas tribales de Senegal y se posaba con gracilidad en el hombro de Fatoumata. ¡Ah, que bellísima era Fatoumata, mi gran amor! El ave describía un par de círculos con su abanico de plumas albas sobre las gradas y descendía majestuosa sobre mi amada. Parecía una anunciación. El público aplaudía enloquecido ante semejante suma de belleza. Entonces el bicho se volvía imprevisible y podía soltar cualquier cosa por el pico. Lo mismo un amor me estás matando seguido de un virgo veneranda, que un ahora vas a saber tú lo que es bueno rematado por un Mater intemeráta.

En el circo de los locos africanos casi nadie se molestaba, salvo algún par de señoronas que abandonaban airadas la carpa diciendo que aquello era intolerable y reclamando que les devolviesen el importe de la entrada. Al final Clara terminó en las fauces del tigre y el asunto, como casi todos los problemas en esta vida, se resolvió por sí solo ¡Ah, qué tiempos! ¿Dónde estarás ahora, mi amada de azabache? Mírame, sumido en la más triste soledad en este islote y con estos pericos desvergonzados que, lejos de darme conversación, sólo parecen capaces de repetir mis blasfemias.

Todo esto que ahora cuento son las cosas que me digo solo y a plena voz para que no se me olviden. Algunas, las más privadas, me las susurro en voz baja, no vaya a ser que me escuche algún loro sigiloso y le dé por declamar mis secretos más ocultos en las arboledas. Palabras íntimas y bellas como tu nombre, Fatoumata, que nunca pronuncio para que sigas siendo sólo mía.

**

Hace tiempo que dejé de llevar la cuenta del tiempo. Intenté ubicar el día en que amanecí en la orilla, cubierto de cangrejos que esperaban el momento de separarme la carne de los huesos y que huyeron marcha atrás cuando se dieron cuenta de que respiraba. La tempestad me había arrancado todo, hasta las prendas que cubrían mi más pudorosa necesidad. Salí del mar desnudo y con una pulsera en la muñeca como única vestimenta. Mi instinto me ordenó cubrir las vergüenzas con lo que pudiera. Logré improvisar un taparrabos con unas hojas y la fibra de una enredadera de los últimos árboles que morían en la playa. Enseguida me di cuenta de que más importante que cubrirme de cintura para abajo, era tejer algo con que taparme la cabeza para que no se me frieran los sesos y las ideas, así que me fabriqué un gorro con unas hojas de palma y eso se convirtió en mi única indumentaria.

Durante varios días recorrí la playa intentando encontrar a algún otro superviviente. Nada. Ni siquiera un cadáver. Solo algunos objetos que me serían de utilidad. Unos cordajes, algunos tablones del maderamen… Tuve la suerte inmensa de encontrar el machete y un par de cacerolas que debieron salir de la cocina del barco amarradas a unos toneles. No tardé en circundar el terreno y darme cuenta de que estaba en un mínimo anillo de tierra cubierto por un bosque tropical de ceibas, bananos y palmeras y con un gran lago de agua salada en el centro.

Me propuse ser disciplinado en las dos cosas más importantes en ese momento: la cuenta de los días y mi higiene personal. Ninguno de ambos propósitos duró demasiado tiempo. Una enorme roca que tenía forma de cabeza de perro destacaba en la playa a escasos metros de donde me arrojaron las olas. Me pareció el lugar más apropiado e inicié el calendario de mi exilio rallando en su base con una concha. Las primeras tormentas hicieron subir la marea y el oleaje y las algas cubrieron enseguida mi rudimentario cómputo de semanas y días, así que decidí contar sólo estaciones. No podía entonces haber caído en cuenta de que lejos de primavera, otoño, verano e invierno, en mi atolón había solamente dos temporadas: la de huracanes y lluvia y la de no lluvia y no huracanes, lo que durante los primeros años me tuvo bastante atolondrado.

Respecto al otro tema, el del aseo, con la misma concha calendaria con que raspaba las ingenuas marcas diarias en la roca y dado que al poco tiempo de hacerlo había logrado hacerle un borde muy afilado, me afeitaba regularmente y me cortaba pelo y uñas lo mejor que podía. Había descubierto un arroyuelo en el que proveerme de agua dulce y en el que lavarme sin jabón, pero con arena. Cuando empezó la temporada de lluvias estaba todo el día empapado, con lo cual la necesidad del baño diario se fue postergando, primero por semanas y después durante todos los meses de la estación húmeda. Debo confesar que cuando el buen tiempo llegó, si es que se le puede llamar así a esta continua chicharrera de más de cuarenta grados, mi hábito de cero abluciones se había consolidado y mi nariz ya no alcanzaba a captar los matices de mi denso aroma humano. Tan solo algunos monos aulladores parecían percibirlo y molestarse cuando me internaba en la espesura. Mi cabello se había convertido en melena y mi rostro estaba poblado por una espesa y larga barba negra.

Terminé por perder completamente la noción del tiempo, así que me dio por imaginar fechas significadas en días que lo más seguro era que no tuvieran nada que ver. Si me levantaba con ganas de fiesta celebraba el Quatorze juillet, Día Nacional de Francia, en lo que bien podría ser septiembre, el comienzo de la primavera en febrero o la Navidad en pleno agosto. Adornaba un árbol cualquiera con conchas, cocos y retales de vela y entonaba un villancico de mi tierra. Hacía sólo unos días que había celebrado de esa guisa mis solitarias pascuas cuando me di cuenta de que ni siquiera le había puesto nombre a mi isla. Tras unas horas barajando diferentes alternativas y tomando en cuenta la forma anular de ésta, me sobrevino la iluminación: Isla Roscón de Reyes. Un nombre absolutamente apropiado, nobiliario y del que cualquier náufrago podría sentirse ufano.

Tras el primer año de lluvias torrenciales, refugiado en una cueva llena de miriápodos y guano de murciélagos, decidí que era llegado el momento de construir un refugio digno de un Cruasán y no vivir nunca más como una bestia agazapada en un agujero. Elegí un árbol de grueso tronco y ramas poderosas y diseñé en mi cabeza un auténtico palacio de amplias salas, varias habitaciones y espacio suficiente para cualquier necesidad. Después de podar la primera rama a golpe de machete comencé a rebajar mis expectativas, reduciendo el número de cuartos, integrando la cocina en el salón y razonando que, no habiendo nadie en las inmediaciones, toda la selva era cuarto de baño. Al final hube de conformarme con una choza modesta de un único espacio en la copa del árbol, a la que se accedía por una escala de lianas después de no pocos resoplidos. Serpientes, arañas y todo tipo de insectos voraces eran huéspedes frecuentes pero, en cualquier caso, resultó mucho mejor que el camastro en la lúgubre cueva anquilosándome de humedad.

***

Pese a que en los largos años que pasé en la isla jamás divisé un barco, la temporada de huracanes solía dejarme algún regalo esporádico en la playa. Mascarones de proa, pedazos de velamen, redes… un día apareció un cofre flotando a pocos metros de la costa. Sin dudarlo, me arrojé al mar, nadé hasta él y logré empujarlo hasta la orilla. En el agua flotaba a la perfección gracias a su buena hechura y sus maderas perfectamente selladas y barnizadas. Pero ya sobre la arena de la playa, el enorme peso lo dejó encallado y yo no encontré fuerzas para moverlo tierra adentro. Estaba asegurado con fuertes herrajes y la cerradura parecía ser de esas que retaban a los escapistas que tanto gustaban al público en el circo. Tardé varios días en violentarla a base de pedradas, palancas e improperios. Al final me convencí de que más vale maña que fuerza y tras horas de hurgar con un alambre escuché por fin el clac de la felicidad cuando el resorte cedió. Había luchado tanto por abrir el arcón que ahora no me atrevía a levantar la tapa y mirar en su interior. Había dejado transcurrir varios días imaginando lo que podría contener: un astrolabio, sin duda, y cartas de navegación. Ropa limpia de algún oficial distinguido de la Armada, probablemente. Pero no, pesaba demasiado. Seguro ocultaba una fortuna en joyas y monedas de oro y plata. Claro que en estas circunstancias no me serían de ninguna utilidad. Mejor un par de pistolas de duelo con su pólvora y munición para callar de un tiro a los monos aulladores y a los loros repetidores que me taladraban el cerebro. Quizás una costosa caja de música con la que entretenerme un poco… Papel y tinta para escribir mis cuitas y legar mi testimonio a una humanidad que seguro ya no volvería a ver.

No podía conciliar el sueño, así que descendí de mi choza, encendí una antorcha y caminé hasta la playa. El arcón no se había movido de su sitio. Clavé la tea en la arena y con ambas manos alcé la tapa. Hizo un ruido que algunos loros memorizaron como ñeeeec.

Acerqué la llama al interior. Por fin desvelaba su contenido: libros. Con razón pesaba tanto, maldita sea. Estaba lleno de volúmenes encuadernados en piel de becerro con los títulos grabados en oro. La letra era demasiado pequeña como para poder leerlos con la luz titilante de la antorcha, así que dejé la lectura para mejor ocasión y me di a la tarea de irlos sacando en pequeños montones del arcón y alejarlos de la marea al menos unos metros. Como amenazaba lluvia, hice varios viajes, los apilé sobre la hierba, los cubrí con unas hojas de banano y me dejé caer rendido por el esfuerzo. No llovió. Desperté al amanecer sin recordar qué es lo que había estado haciendo hasta que vi el arcón abierto. Me volví y contemplé el montón de libros que había apilado durante la noche. No había comido nada desde hacía veinticuatro horas o más y el estómago me reclamaba el sustento. Me metí en el agua, busqué una caracola y con el mango del machete rompí la concha, saqué al bicho de dentro y lo ingerí con ansia. Hacía mucho que no me molestaba en cocinar los alimentos y le había perdido el asco a comerme las tripas sangrantes de los moluscos y peces crudos. Algo más repuesto, me acerqué a mi improvisada biblioteca y comencé a revisar los lomos: “Relato de un náufrago” de un tal García Márquez. Este tiene que estar interesante, pensé. “La isla desierta” de Julio Verne. Mira tú qué cosas… “La vida de Pi” de Yann Martel. Había libros de Simon Leys, François Edouard Raynal, Steven Callahan, Charlotte Rogan y Fernando Martínez Laínez, todos con mismo tema: naufragios, náufragos y epopeyas de supervivencia en el mar. Unos pocos en francés, otros en español y el resto en otros idiomas. Putain!

Aparte de los libros, en el arcón había un estuche con un cálamo y un tintero lo cual me animó a escribir mi propia historia. Como no tenía papel, tuve que improvisar y escribirla en los márgenes de uno de los tomos. Comencé la narración de mis desventuras de este modo: Yo, pobre y miserable Robinsón Cruasán, habiendo naufragado durante una terrible tempestad, llegué más muerto que vivo a este desdichado montón de arena al que llamé Isla Roscón de Reyes, mientras que el resto de la tripulación del barco murió ahogada. No me gustó. No quería que nadie pudiese leer algún día que sentía conmiseración de mí mismo. Arranqué la hoja, la hice una pelota y la tiré al suelo. Lo intenté de nuevo varias veces hasta que me vi con solo las tapas del libro en la mano, los dedos llenos de tinta y rodeado de bolas de papel arrugado. Decidí dejarlo para otro momento de mayor inspiración. Pasarían décadas hasta que retomase la escritura.

La terrible soledad llegó a sumirme en una profunda desesperación. A veces oraba humildemente a mis dioses ancestrales y otras despotricaba a gritos por la selva exigiéndoles una compañera. Luego los pericos se encargaban de multiplicar mis maldiciones y a la vez de recordarme que me encontraba solo y abandonado en un punto diminuto olvidado en la mar océano.

****

Andaba yo despiojándome plácidamente cuando una intensa luz en el cielo me deslumbró. Me cubrí los ojos con las manos y aun así el resplandor parecía atravesarlas. A pesar de que estábamos en temporada seca y no había ni una sola nube en el cielo, escuché un trueno aterrador y sentí que un fuerte viento levantaba la arena de la playa como el simún en el desierto. Me oculté como rata detrás de una gran piedra. El fenómeno duró unos instantes y cuando pude recuperar la visión y la apostura encontré a un ser de pie sobre la orilla que me miraba con fijeza. Los dioses me habían escuchado, pero no me quedaba del todo claro si me mandaban un regalo divino o un justo castigo por mis blasfemias. No había visto una cosa más fea en toda mi vida que aquella intrusa. Y digo intrusa, en femenino, porque sus formas redondeadas recordaban vagamente a las de una mujer. En el circo teníamos a Las Increíbles Reinier, dos hermanas unidas por la espalda cuyo nombre se leía lo mismo al derecho que al revés. Tampoco podía decirse nunca si iban o venían, si avanzaban o retrocedían. A Julia Pastrana, una mexicana barbuda que tenía un carácter adorable. A Clío, la contorsionista, cuyas posturas desafiaban a la imaginación y que saludaba al público doblándose hacia atrás y sacando la cabeza entre las piernas. Y por supuesto, Fatoumata, mi escultural diosa de ébano y sus bellísimas hermanas. Así es que del sexo femenino puedo decir que entiendo un poco. O así lo creía hasta que aquél engendro llegó a mi vida.

Aquel día probablemente fuera jueves o domingo pero, como anteriormente dije, si había perdido la cuenta de los años, mucho más la de meses, semanas o días. Podía haberla bautizado como Thermidora, Dominga o Febrera, pero le puse lo primero que se me vino a la cabeza y Miérdoles se me hizo un esdrújulo sonoro y apropiado.

Miérdoles era en todo diferente a cualquier otra hembra que yo hubiera visto. De entrada, por el intenso tono añil de su piel. Tuve la impresión de que pintaría de azul marino cualquier cosa que tocase. ¡Ella sí que era realmente de color! Y luego el olor, un intenso hedor a ajo que parecía querer apoderarse de mi isla. No había olido nada igual desde que trabajé en la cocina de aquel tugurio turco de Montmartre. Ni entonces, ni nunca, fui capaz de acostumbrarme. Para describir el resto de su aspecto físico me llevaría tiempo encontrar las palabras adecuadas. Digamos que todo en ella era enorme: piernas, caderas, busto, cabeza. La cabeza, Sacrébleu!, de forma apepinada, con aquellos ojos saltones y aquellos labios como una ventosa. Quizás la nariz fuera lo único de regular tamaño, aunque eran más bien dos orificios sobre la cara. Estaba totalmente desnuda y no tenía ni un solo vello en el cuerpo.

En vista de que no se movía y no dejaba de mirarme me decidí a salir de mi escondrijo y blandiendo el machete me acerqué con precaución. Ella no se inmutó ni apartó la mirada. Nada ducho en este tipo de encuentros, sólo acerté a decir algo muy básico.

—Yo Robinsón. Robinsón Cruasán ¿Y tú?

Nada. Ni una palabra. Aquella singular visitante no parecía conocer el francés. Lo intenté en wólof, mi lengua natal.

—Maa ngi tudd Robinsón. Ndax degg nga wolof?

Ella parpadeó, o algo así, porque párpados, lo que se dice párpados no tenía, sino una especie de membrana que me recordó a los cocodrilos del río Gambia. No me rendí, probé con las pocas palabras de turco que había aprendido en el restaurante de Montmartre.

—Benim adım Robinsón Cruasán. Adın ne.

Estiró los labios y dejó escapar una dulce melodía. Tal vez era su manera de decirme su nombre, pero como tampoco podía descifrar el silbidito decidí, como dije, llamarla Miérdoles y esa fue su gracia durante todo el tiempo que permanecimos juntos.

Ya que mis dotes idiomáticas no habían sido las idóneas para entablar conversación intenté ganarme su confianza ofreciéndole algo de comer: un cangrejo ensartado en un palo, una albóndiga de mandioca que se había convertido en mi más selecto manjar, un coco abierto… nada. Me sentía frustrado. Me penetró con esos grandes ojos, emitió otro silbido y se dirigió a un arbusto cercano a la playa que tenía grandes flores blancas. Pude darme cuenta de que no caminaba como los seres humanos, sino que más bien se deslizaba dejando un rastro baboso transparente como el de un caracol.

Cuando alcanzó el arbusto, escogió una de las corolas e introdujo en ella su lengua negra y larga. Repitió la operación varias veces libando con delectación el néctar y cuando pareció satisfecha quedó profundamente dormida, de pie y profiriendo sonoros ronquidos. Un denso olor a ajo morado inundó el aire, por lo que decidí alejarme de allí y cortar algunas ramas de bambú para construirle un refugio. No tenía idea de sus necesidades ni preferencias así que invertí unas horas en levantar una palapa bajo la que pudiese al menos resguardarse de los elementos. No la hice tan lujosa como mi choza en el árbol sino bastante más austera, aunque acorde al volumen de mi nueva amiga. Los extravagantes sucesos de esa jornada me habían dejado física y mentalmente extenuado y me retiré a descansar.

A la mañana siguiente regresé temprano al lugar donde la había dejado, pero ya no se encontraba allí. Atisbé entre la fronda intentando descubrir algo de color azul fuerte, pero no pude ver nada. Lo que sí podía hacer era seguir el rastro baboso que se internaba en la selva. No podía ir muy lejos. Caminé un rato desbrozando la foresta con mi machete y enseguida llegué a la laguna central. Me inquietó no verla allí tampoco. El rastro se perdía entre las altas hierbas. Di la vuelta completa sin éxito a mi atolón y empecé a pensar que todo había sido un mal sueño. Volvía a estar solo, como siempre estuve desde que llegué a Roscón de Reyes y como seguiría hasta el final de mis días.

Deprimido, emprendí el camino de regreso a la choza y entonces la vi. Había cambiado el color de su piel a un verde brillante que se confundía con el de la foresta, por lo que con tan perfecto camuflaje no era imposible que hubiese pasado delante de ella sin verla. Estaba de pie, bajo la palapa que le había levantado y entonaba una dulce melodía de silbidos. Lo interpreté como un signo de agradecimiento. También el que había recolectado una pila de cocos, otra de plátanos y un montón de erizos de mar que parecía ofrecerme. Me senté al lado de mi coloreada amiga y comí un poco de todo para no desairarla. De algún modo, habíamos empezado a comunicarnos.

En los días que siguieron pude darme cuenta de las grandes habilidades de Miérdoles. Era capaz de cambiar de color a voluntad, lo que le permitía acercarse a cualquier animal sin ser vista. Se mostró como una excelente cazadora, pescadora y recolectora y mi dieta comenzó a ser más rica y variada. Ella parecía estar satisfecha libando diferentes flores y poco a poco me fui acostumbrando a su aroma a ajo perruno hasta que casi no me molestaba. Con la temporada de lluvias y huracanes se hizo aún menos intenso, lo que mejoró sensiblemente la convivencia. Me iba poco apoco acostumbrando a su singular aspecto y al menos ya no me parecía monstruosa sino sencillamente, diferente. Había superado el asco inicial a tocarla y pronto aprecié la suavidad de su piel, de tacto similar a la de los delfines.

A pesar de su dieta vegetariana, Miérdoles era increíblemente fuerte. Lo que más me sorprendió era que podía mover enormes piedras a distancia y sin tocarlas y lo mismo troncos e incluso masas de agua. Eso sí que era magia y no la del pobre Monsieur Blanchet en el circo de los africanos, al que solían pillarle casi siempre sus trucos y abuchearle. Me serví de las portentosas capacidades de mi amiga para que me construyese en el suelo una cabaña en la que pudiera entrar de pie y mucho más espaciosa que la del árbol. Cada vez me costaba más trepar por la liana, así que le agradecí sinceramente por mi nuevo hogar. A partir de entonces me fui acostumbrando a encomendarle las tareas más pesadas, las cuales hacía ella sin aparente esfuerzo, por lo que le fui delegando cada vez más de mis anteriores ocupaciones. Como yo ya no tenía que recoger leña, ya que ella se encargaba de proveerme de abundantes ramas secas, volví a cocinar. Me volví cómodo y comencé a engordar. Por ella no pasaba el tiempo, siempre tenía la piel húmeda, brillante y de un color acorde a cada ocasión. Comencé a mirarla de una forma diferente y a no encontrarla tan repulsiva.

 *****

Muchas noches me asaltaba la pesadilla recurrente del naufragio y despertaba en un mar de sudor y braceando con desesperación. Miérdoles aparecía a mi lado, me calmaba y me silbaba algo suave hasta que volvía a dormir tranquilo. Nunca, nadie, me había cuidado como ella. La había tenido trabajando a mi servicio durante meses tratándola como criada y poco a poco, casi sin darme cuenta pasé a tenerla en la más alta consideración y estima.

No recuerdo bien cómo sucedieron las cosas. Ella siempre dormía de pie y lo hacía en su palapa, a distancia de la cabaña, para no perturbarme con sus ronquidos. Yo nunca la había mirado de esa manera, pero una noche lluviosa en que me acosaba la necesidad de otro cuerpo, me levanté, me acerqué a ella y la abracé. Tuve que improvisar sobre la marcha para besarla y, en fin, para todo lo que vino después. Un Cruasán es ante todo un caballero, por lo que me veo obligado a omitir los detalles más explícitos. Lo resumiré en que después de probar algunas posturas imposibles y tras no pocos resuellos por mi parte pude al fin descifrar su anatomía y nos entregamos a la pasión hasta el amanecer.

En las semanas siguientes, Miérdoles comenzó a mutar. Su tonalidad de piel tornó primero de índigo a púrpura y después a dorada. Nunca había visto nada más hermoso. Su vientre comenzó a hincharse progresivamente, sus senos a redondearse y el olor a ajo se transformó en un delicioso perfume floral. Sus ojos me contemplaban de manera diferente y sus silbidos eran más frecuentes y tiernos que nunca. Se la veía feliz.

Pronto acabaría la temporada de lluvias. Miérdoles se deslizaba con lentitud y su volumen se había casi duplicado. No me preocupé excesivamente porque no se veía enferma y tampoco hubiese podido hacer nada por ayudarla mas que hacerle compañía. Una mañana me levanté antes de que saliese el sol para cortarle flores frescas para el desayuno, aún cubiertas de rocío. Cuando llegué a la palapa, había desaparecido. No me esforcé en buscarla, porque salvo dar vueltas y vueltas no había lugar a donde ir y ella sabía valerse bien por sí misma, así que me recosté, me zampé una banana y me dediqué a mirar el techo de la cabaña durante un rato.

El grito en manada de los monos aulladores me sacó de mi ensoñación. Me percaté de que algo sucedía y me levanté precipitadamente del jergón. Cuando asomé por la puerta vi a Miérdoles sujetando entre sus brazos a dos pequeños seres cubiertos de mucosidad. Antes de que pudiese reaccionar, me los tendió para que yo los sostuviese y me dedicó un largo silbido. Eran de color azul claro y estaban cruzados por unas bandas negras como las de las cebras.

Los cachorros comenzaron a emitir silbidos suaves pero ininterrumpidos. Miérdoles me hizo una seña y supe que me estaba pidiendo ir a por flores de guruguru para alimentarlos. En menos de un año había pasado de la más cruel soledad a la bendición de tener una familia que cuidar y que a su vez cuidaría de mí en mi vejez. Estaba emocionado.

El tiempo pasó, las no estaciones se sucedían y los cachorros crecían sanos y fuertes. Decidí bautizarlos como Croquette Un y Croquette Doix, por su afición a rebozarse en la arena de la playa. Con las tareas del hogar divididas, aunque de modo no muy equitativo, la vida proseguía plácida y feliz. Yo no extrañaba ya la civilización y mi universo se reducía a cazar estrellas fugaces en la noche junto a Miérdoles y jugar al escondite con los traviesos croquetas que, ni que decir tiene, con su inigualable camuflaje me ganaban siempre.

******

 

Tarde aprendería yo que no hay dolor ni felicidad que cien años dure y que no hay plazo en la vida que no se cumpla. Los Croquettes habían crecido ya hasta superar en altura y fortaleza a Miérdoles, mientras que mi barba y cabellera se habían puesto primero grises y luego blancas. No me sentía viejo en absoluto, pero sí notaba que me dolían las articulaciones antes de las tormentas, que los cocos no los digería ya igual de bien y que dormía cada día menos. En wólof me llamarían magat: me había convertido en un anciano.

Un día observé a mi familia en la playa. Miraban hacia arriba y silbaban a coro un mismo sonido penetrante y continuo. Se les notaba alterados. El tono de su piel cambiaba continuamente de color y el olor a ajo era más intenso que nunca. En un instante, el cielo se iluminó con un fulgurante destello y entre las nubes una gigantesca nave cobró forma y se mantuvo suspendida en el aire girando sobre sí misma. En esta ocasión pude apreciarla con todo detalle: un enorme disco coronado por una cúpula en la que podían apreciarse una serie de ojos de buey empañados. Semejaba una gran olla a presión que arrojaba chorros de vapor por la parte inferior y los costados. Era una mongolfiera hecha de planchas de un metal cobrizo unidas por grandes remaches. Tuberías de gran calibre asomaban de diferentes lugares y volvían a entrar en el casco, abollado y oxidado.

Miérdoles y los Croquettes daban saltitos de entusiasmo. Entendí en ese momento que ellos eran tan náufragos como yo y que siempre habían estado a la espera de un navío que les devolviese de regreso a su mundo, do quiera que éste se hallase.

El aparato se movió en el aire entre grandes estertores y se desplazó hasta el centro de la isla. Al acercarse pude tomar conciencia plena de sus dimensiones: era casi una ciudad metálica con multitud de compartimentos, cada uno con su correspondiente claraboya. Navegó unos segundos hasta situarse exactamente sobre la laguna interior del atolón y entonces descendió, encajando a la perfección en el centro y cubriéndola por completo. El suelo tembló. Quedó así ensamblada un rato más entre chirridos mecánicos y vapores. Escuché entonces una música a gran volumen que me recordó al himno de la Marsellesa, pero como si fuese interpretado por centenares de músicos tocando a destiempo. Una compuerta se abrió y entendí que había llegado el momento de la despedida.

Miré a Miérdoles y a nuestros hijos y conteniendo la emoción le dije:

—Adiós, amor. Fue bello mientras duró. Cuida de nuestras croquetitas, aunque sean ya unos tiarrones, y cuídate tú también.

Esperaba algún tipo de silbido de adiós.

—Hasta siempre, Robin, querido. Has sido un buen esposo y padre, pero nuestras vidas tienen que separarse ahora —me replicó en perfecto francés.

Me quedé perplejo ¿Desde cuándo hablaba ella mi idioma? ¿Por qué me lo había ocultado?

—No me mires así, cariño. Nosotros hablamos todos los idiomas de este planeta y de otros muchos.

—¿Y por qué has esperado hasta ahora para hacerlo?

—Porque en realidad no hacía falta decir nada. Hemos sabido comunicarnos bien.

Ahora que tenía oportunidad de hacerlo, no me salían las palabras.

—Os voy a echar muchísimo de menos.

—No te preocupes, querido, no estarás solo mucho tiempo. Sabemos que un barco vendrá pronto a rescatarte. No hagamos este difícil momento más largo de lo necesario.

—Voy a extrañar tus ronquidos —le dije con ternura.

—Y yo tus palabrotas—me replicó con un guiño de su membrana nictitante.

Me entregaron una canica azul que en su interior parecía viva. Yo me sentí mal de no poder darles ningún obsequio, dado lo inesperado del momento. Se deslizaron hacia la nave dejando tras de sí su amado rastro viscoso. Antes de desaparecer por la compuerta de la nave se volvieron una última vez hacia mí.

—¡Au revoir, papá! —dijeron a dúo los Croquettes.

Los tres me dedicaron un inolvidable y amoroso silbido. El inmenso cascarón se cerró y exhalando atronadores tosidos de humo negro intentó arrancar sus motores. Por un momento pensé que se partiría en pedazos antes de conseguirlo, pero al tercer o cuarto intento logró despegar, cabeceó un poco, dio un par de bandazos y emprendió vuelo hasta convertirse un puntito y desaparecer para siempre. El agua del atolón volvió a quedar en calma y para mi sorpresa, se hizo un silencio que durante horas ningún mono, ave o reptil se atrevió a romper.

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Las semanas que siguieron se me hicieron interminables. Recordaba con nostalgia las pequeñas cosas que habíamos compartido juntos en la sencillez extrema de nuestras vidas; lo poco o nada que habíamos necesitado para ser felices; la alegría de ver crecer a nuestros hijos sin notar, al menos yo, el paso implacable del tiempo. Caminaba desorientado por la playa pateando cangrejos o lanzando piedras al agua y pasaba las noches en vela añorando volver a ver alguna vez a los míos. Esos míos que ya no lo eran o que en ningún momento lo fueron, pero a los que amé con todo mi ser. Era tanto lo que nunca les dije pensando en que jamás me entenderían… Me consolaba pensando que no necesitaron grandes discursos para conocer mis sentimientos hacia ellos.

La bolita misteriosa me resultó de invaluable ayuda. Ya no estaba yo para muchos trotes y me percaté de que sujetándola con el puño cerrado podía repetir muchos de los prodigios de Miérdoles, como el de mover troncos gigantes sólo con desearlo. Aproveché para construir una pira de generosas dimensiones en la cima de la roca con cabeza de perro.

Ocupé, ahora sí, mis largos momentos de ocio en redactar mis memorias. La bolita azul me permitía borrar el texto impreso de las páginas a voluntad, llenar de tinta fresca el tintero y tener la pluma siempre afilada. Gracias, mis amores, todos los días pienso en vosotros.

Sumido estaba una mañana en mis cavilaciones cuando levanté la mirada hacia el horizonte y divisé una manchita blanca. Después de unos minutos se fue haciendo más grande y alcancé a distinguir con claridad los tres mástiles y velamen desplegado de una fragata. Cuando el navío se acercó lo suficiente pude reconocer la bandera inglesa ondeando en el castillo de popa. “Merde, británicos”. Llevaba una vida esperando este momento y estaba bien preparado para ello. Me dirigí a toda prisa a la pira, encendí el fuego y arrojé unas hojas verdes sobre las llamas. Una densa columna de humo blanco se elevó indicando al barco mi posición. La fragata respondió con un disparo de cañón y al poco botaron al agua una chalupa con media docena de uniformados.

Al llegar a la playa, varios marineros saltaron al agua y bajaron en brazos a un oficial delgaducho y con bigotito al que depositaron sobre la orilla sin que se mojase las botas. Ambos nos aproximamos y después de recorrerme varias veces de arriba a abajo con la mirada dio un taconazo, se cuadró, colocó una fusta bajo el brazo izquierdo y con el derecho me saludó marcialmente. Se dirigió a mí en un francés espantoso:

—Monsieur Cruasán, supongo.

Todos los loros, guacamayas, cacatúas y periquitos de Isla Roscón de Reyes parecieron haberse puesto de acuerdo y recibieron al intruso con la sarta de insultos, improperios y exabruptos que habían aprendido de mí en todo este tiempo. Los monos aullaron y le arrojaron excrementos.

—Le ruego disculpe los modales de mis inquilinos Mr…

—Neras, Lord Stanley Neras, al servicio de Su Majestad y de usted —dijo el inglés intentando esquivar los proyectiles.

—Me alegra volver a ver a un humano Mr. Neras, aunque sea en estas lamentables circunstancias. ¿Puedo preguntarle cómo sabe usted mi nombre?

—Es usted un héroe nacional en Francia, un hombre famoso en Europa… y me atrevería a decir que en todo el mundo.

El militar parecía más preocupado de su uniforme que de la conversación. Goterones de sudor le escurrían debajo del casco por la frente y se notaba que hacía lo imposible por no inmutarse.

—Perdón, pero no le sigo… ¿Famoso yo?

—Así es my friend. Una de las botellas que arrojó usted al mar arribó hace ya muchos, muchos años a un puerto del Cantábrico español. Un marinero la recogió del agua y en su interior figuraba su nombre y el del Désolation. Fue así que se supo del infausto destino del barco y de que existía la posibilidad de que usted siguiese vivo, en algún lugar remoto del Océano Índico. La historia se convirtió en leyenda y desde entonces todos los marinos de todas partes del globo se propusieron hallarle. Me cabe a mí el gran honor y privilegio de haberle encontrado y, si me lo permite, en nombre de Su Majestad la Reina, devolverle a la civilización.

Es posible que con los años mi memoria se hubiera vuelto más frágil, pero si de algo estaba absolutamente seguro era de que jamás había tenido una botella, de que no tuve cómo escribir nada hasta que encontré el cofre flotante y desde luego, de que no había arrojado ningún mensaje de auxilio al agua. Preferí, con la sabiduría que aporta la vejez, no entrar en ese tipo de aclaraciones con alguien que parecía tan poco proclive a razonar. Y por supuesto, no se me ocurrió mencionar ni una sola palabra sobre mi peculiar familia.

—Han sido muy considerados en venir hasta aquí ¿Podría decirme cuánto tiempo llevo solo en esta Isla? —pregunté.

El inglés se atusó pensativo el bigotillo.

—Déjeme ver… el Désolation naufragó en 1789 y estamos en el Año de Gracia de Nuestro Señor Jesucristo de 1898, así que ha pasado usted aquí la friolera de… ¡Ciento nueve años y cuatro meses! Admirable, realmente admirable —dijo Mr. Neras.

—Yo tenía veintitrés años cuando embarqué, entonces debo tener unos…

—Ciento treinta y dos. Día más, día menos. Permítame decirle que tiene usted un aspecto excelente para su edad Mr. Cruasán. Un aspecto realmente envidiable.

—Será por la falta de preocupaciones… o por la alimentación, quizás.

—Pues hablando de alimentación, me complace informarle de que tenemos un excelente cocinero a bordo que guisará para usted cualquier cosa que le pida. Prepara una sopa de ajo es-tu-pen-da, créame. También le proveeremos de ropa y de todo lo necesario para que tenga una travesía placentera de vuelta a casa. No merece usted menos.

 

Agradecí la gentileza del inglés y le rogué unos minutos para recoger mis libros llenos de anotaciones, una bolsita de arena de isla Roscón de Reyes y una flor de las que tanto gustaban libar Miérdoles y los Croquettes. Escondí la bolita azul en un pliegue de mis andrajos.

Los marineros alzaron de nuevo en volandas a Mr. Neras y lo depositaron en la barca. Yo me negué a que me pusieran las manos encima y me limité a encomendarles mis libros para que no se mojaran. Me metí hasta la cintura en el agua y subí con agilidad al bote. Bueno, para no faltar a la verdad lo cierto es que tuvieron que echarme una mano, los años no pasan en balde.

Abordamos la moderna fragata Surprise y tanto su capitán como la oficialidad y marinería me recibieron con dignidades y agasajos que yo consideraba del todo inmerecidos. Nuestro destino era el puerto de Le Havre y de ahí, según se me informó, sería conducido a París donde me esperaba un gran homenaje. El mismísimo presidente francés había prometido que me otorgaría la Legión de Honor si alguna vez era rescatado.

Mis emociones eran confusas. Por un lado, regresaba al mundo conocido y volvería a estar con personas, a hablar con otros seres humanos, a pasear nuevamente por las calles de la Ciudad de la Luz. Tal vez pudiese volver también a Senegal y a lo mejor acabar mis días en el Dakar que me vio nacer. Por otro, me horrorizaban el ruido y la vorágine de cualquier urbe, acostumbrado como estaba a los escasos sonidos del que había sido mi hogar. Con toda probabilidad mis amigos y conocidos ya habrían muerto. Mientras el barco se alejaba de Isla Roscón de Reyes no puede contener cierta humedad de nostalgia en los ojos.

Tras varios días de navegación el cielo se puso más y más oscuro. El viento golpeaba con rachas la arboladura. Relámpagos amenazantes caían al mar cada vez más agitado y supe que nada nos libraría de una galerna. De lo que siguió sólo recuerdo los gritos desesperados de los hombres y a la Surprise crujiendo antes de partirse en dos y ser tragada por las aguas. Y que floté a la deriva durante días, sin agua ni comida, aferrado a un trozo desgajado de la cubierta. Había perdido la canica azul y toda esperanza. Un delfín de tersa piel me sacó a la superficie cuando ya empezaba a ahogarme y asido como pude a su aleta llegué a tierra firme.

Empapado, aterido, levanté la vista del suelo. Ante mí se alzaba una altiva roca en forma de cabeza de perro.