El aire es tan delgado que no tiene permiso de respirarse. Se aparta para dejarte ver y ahoga. Las otras montañas que siempre estuvieron lejos se dejan tocar como doncellas. Puedo, desde esta altura, verlas despertar somnolientas, jóvenes y ariscas. No sé por qué razón me elige mi caprichoso Dios para ver esto y no sé si podré alguna vez contarlo a otros. Huelo a sudor y estoy cansado. He dejado el cuerpo atrás y es muy probable que haya muerto ayer o el día antes. Estoy tan agotado que sólo me queda mirar y creer, pedir quedarme unos minutos más y seguir sobreviviendo. Me quito las gafas de nieve para poder llorar a gusto. No me he podido mover de donde estoy pero puedo hacer girar el espacio a mi alrededor, cambiar el arriba por abajo, verme en una esfera de la que soy el centro y sentir tu crueldad al permitirme contemplar todo esto. Te has llevado a mis amigos y dejarme estar aquí, aterido, es mi precio. Me siento culpable por sentir esta paz y que me toques, Señor.